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ABC SÁBADO, 17 DE MARZO DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA ESCUELA 2.0 El politiquillo, cuando no sabe qué hacer con la educación se afana en implementar todo tipo de moderneces grotescas M IENTRAS leía un libro de texto inepto, lleno de dibujos y colorinches de pésimo gusto, con un texto dulzón perfectamente idiota se maravillaba Leonardo Castellani de que hubiese vendido setenta mil ejemplares. Es imposible que 70.000 padres de familia, aunque sean idiotas- -y ningún buen padre lo es respectodesushijos- -coincidanenelegirunaidiotezdeterminada, si no se la imponen Y así, tirando del ovillo, descubría Castellani que aquel libro inepto había sido recomendado por la autoridad educativa, que de este modo, a la vez que hacía rica a la editorial que habíapublicadoelbodrio anegaba de morralla esa cosa sagrada que es la mente de un niño. Que adulteren el whisky, pase- -concluía Castellani- pero que no adulteren la leche Perolaautoridadeducativa, metidaadéspotailustrado, ha seguido adulterando la leche desde entonces; y envenenándola siempre que ha podido. A veces lo ha hecho con perfidia; otras en volandas de la mentecatez y el afán de novedades desnortadas. El demonio, cuando se aburre, espanta moscas con el rabo; y el politiquillo, cuando no sabe qué hacer con la educación ¡y bastaría con que la dejase en paz! se afana en implementar todo tipo de moderneces grotescas, en lo que se parece al casero que, ante una casa que amenaza ruina y tiene los cimientos podridos, sólo se preocupa de darle una capa de revoque a su fachada. En los últimos años o décadas, uno de los revoques más socorridos con que los politiquillos hantratadode colarnoslalecheadulteradaque seadministra en las escuelas es ese empeño desquiciado y desquiciante de que cada alumno disponga de un ordenador propio, que el Estado se comprometía a procurarle. Aeste empeñolepusieronelnombreidiota de Programa Escuela 2.0 y el ministro Gabilondo fue su más denodado paladín, aunque bastaría tirar de hemeroteca o del algoritmo de Google para descubrir que no ha habido en España politiquillo con aspiraciones de mando en plaza que no haya hecho suya semejante mamarrachada. Y como la ideología es el arte de negar la realidad, nuestros politiquillos, en su empeño de informatizar las escuelas, han llegado incluso- -al estilo de las criadas guarronas que esconden el tamo debajo de las alfombras- -aocultar ocensurarinformesen los quesedemostraba que los alumnos de las escuelas en las que se había introducido el ordenador tenían un rendimiento escolar más bajo. ¡A verquién se piensa que es esa señora realidad, que viene a desmentir los demagógicos arbitrios de nuestros politiquillos! Pero la señora realidad es tozuda; y entre sus métodos persuasivos no excluye los escarmientos más dolorosos. Han tenido que quedar exhaustas las reservas del erario público para que se reconozca que el reparto de ordenadores entre los alumnos no hace sino dispersar su atención e introducir distorsiones en la transmisión del conocimiento, haciéndola más frágil, superficial e inconsistente, como ocurre siempreque laconcentración queserequiere paralasfuncionesintelectivassedistraeydesparramaen funciones colaterales de manejo de artilugios. Una evidencia tan irrecusable ha sido, sin embargo, recusada sin empacho, con pamplinas tales como que la introducción de los ordenadores favorecía la adaptación de los niños a las nuevas tecnologías ¡como si no estuviesen ya sobradamente adaptados, en un mundo que les mete la tecnología hasta en la sopa! Argucias para adulterar la leche (y tal vez para llevarse alguna coima) que la crisis- -tan benéfica, a veces- -arrastra al vertedero de las idioteces impuestas. UNA RAYA EN EL AGUA IGNACIO CAMACHO EL DON ETERNO En la violenta inmoralidad estructural de El Padrino atisbamos con espanto las pautas de nuestra respetable sociedad E MÁXIMO L tiempo pasa igual para todos, pero a unos nos va haciendo más viejos y a otros los convierte en inmortales. En el arte, la inmortalidad se llama clasicismo, y consiste en esa cualidad inmarcesible que ciertas obras poseen para prolongar su vigencia y su emoción más allá de las épocas, de las modas y de los ciclos. No es que siempre sean modernas, sino que se vuelven eternas por la perdurabilidad de sus valores, de sus códigos estéticos y éticos, de su mérito y de su belleza. Así, cuarenta años después de su estreno, en marzo de 1972, El Padrino permanece intacta en su fascinante recorrido metafórico por los complejos y turbios territorios del poder, el dinero y la violencia. La seducción inquietante de esta película perfecta, concebida en un periodo histórico de fecunda liberalidad intelectual y creativa, va mucho más allá de su deslumbrante ejecución material, de su ritmo coral y sinfónico, de su vertiginosa sucesión de claroscuros fotográficos o de la sobrecogedora composición de caracteres lograda por un grupo de actores desatados en todo el rabioso esplendor de su genio interpretativo. También de su inmersión temática en el siempre sugestivo mundo de la Mafia y el crimen organizado, con sus ambiguas liturgias simbólicas y sus paradójicas reglas morales. Lo que la convierte en obra maestra, en un relato universal, en un clásico perenne, es la profundidad abisal de su descarnada exploración, llena de ecos shakespeareanos, a través de los senderos más turbulentos y oscuros de la condición humana. A través de una afortunada conjunción de talentos, Francis Ford Coppola encontró el modo de filmar una tragedia de dimensiones existenciales salpicadas de elementos de intensa capacidad perturbadora. Un caleidoscopio de pasiones perpetuas que sacuden con su estallido brutal la conciencia del espectador de cualquier tiempo: la traición, la codicia, la crueldad, la venganza, la ambición; todas ellas atravesadas por un concepto primitivo de la justicia y de la lealtad y administradas a través de la sofisticada estrategia de la simulación para extenderse hacia la política, los negocios o las relaciones de familia. El Padrino nos gusta y nos conmueve aún no sólo por su asombrosa excelencia narrativa, por el impacto de dramática elegancia de sus escenas de sangre o por esos diálogos biselados de acero como el alma de sus vidriosos protagonistas, sino porque nos lleva directos al abismo de una violenta inmoralidad estructural en la que identificamos con hipnótico espanto las desnudas pautas de conducta que rigen el mecanismo de cualquiera de nuestras respetables sociedades. Y cuando descubrimos una inevitable corriente de simpatía interior por la humanidad ambivalente de Don Corleone o por la fría soledad ejecutiva de su hijo Michael sentimos la amarga certeza de hallarnos a la intemperie del desvarío de nuestra propia conciencia.