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68 LOS DOMINGOS DE ABC DOMINGO, 26 DE FEBRERO DE 2012 abc. es ABC BBB combros en los alrededores del puerto. Antes, 150 fábricas procesadoras de pescado funcionaban en este polígono industrial, que hoy es un enorme y yermo solar por cuyas fantasmales ruinas pululan las grúas y máquinas excavadoras. De algunas naves no quedan más que sus maltrechas columnas y vigas de hierro, así como los letreros en el tejado de uralita en las que tenían tres plantas. En otra, de sus tripas despanzurradas por los muros que se vinieron abajo, aún se desparrama una montaña de cajas de corcho blanco que servían para embalar el pescado congelado. El paro ha bajado mucho en el sector de la construcción se congratula Jun Watanabe, un afable currante de 32 años que no para de hacer bromas mientras toma un café en un descanso al calor de una hoguera. A varios grados bajo cero, el vaho escapa de su boca cuando admite contrariado que están toda la semana lejos de la familia y el único entretenimiento aquí son los pachinko los ruidosos salones japoneses de máquinas tragaperras. Eso y beber apunta otro compañero imitando una jarra que se lleva al gaznate. Las ganas de vivir se imponen a la catástrofe. A sus espaldas, una cruz roja pintada sobre una fachada indica que allí apareció uno de los 1.350 muertos que el tsunami dejó en Kesennuma. ¡Ganbatte, Japón! En la cercana y casi abandonada ciudad de Kamaishi, las cruces están por todas partes en las casas destruidas junto al puerto. Con las ventanas y puertas rotas, parecen rostros humanos gritando de dolor con las cuencas de los ojos vacías. De las plantas bajas, barridas por las olas gigantes, cuelgan chapas, vigas y cables del techo como telarañas descosidas. En su interior hay muebles astillados, platos rotos, folletos turísticos, jarrones con paraguas y juguetes de niño intactos, dejados exactamente igual que cuando hace un año fueron abandonados a la carrera por sus inquilinos. Son los restos de una vida perdida en el naufragio. ¡Ganbatte (Ánimo) ¡Todos unidos por la reconstrucción de Kamaishi para que vuelva a la vida! reza una pancarta sobre una colina en la que ondea una bandera blanca con el círculo rojo del Sol Naciente. Sólo se escucha el viento que agita la tela y los cuervos en medio del sepulcral silencio que reiUna cruz roja en na entre las ruinas. Tengo una fachada indica 82 años, me queda poco de vida y moriré pronto. que allí apareció un En mi juventud sufrí la cadáver. Con las guerra y en mi vejez el ventanas y puertas tsunami, que me arrebató a dos hermanos, sobrirotas, parecen nos y nietos. Nunca enrostros humanos contraron sus cuerpos y gritando de dolor no pudimos celebrar un funeral para ellos. Soy budista y creo que, sin un funeral, sus almas no pueden descansar en paz y deben estar vagando por alguna parte resume con gravedad la abuela Haruko Hatakeyama, quien salvó la vida en la devastada Rikuzentakata, hoy una enorme escombrera frente al mar. Entre sentimientos de culpabilidad por haber sobrevivido, sobre todo a sus familiares más jóvenes, lucha por encarar el futuro con espíritu de ánimo. ¡Ganbatte, Japón! Arriba, los mariscadores que han vuelto a cultivar las famosas ostras de Osawa tras reconstruir la lonja. A la derecha, reparación de barcos dañados por el tsunami en el astillero de Otscuhi El futuro se cultiva en las ostras de Osawa M Por P. M. DÍEZ ientras cuatro buzos siguen sacando restos del tsunami del puerto de Osawa, en la prefectura de Iwate los mariscadores de la empresa Yoshoku se afanan por plantar semillas de ostra en sus conchas. Bajo los andamios que delatan la reciente reconstrucción de la nave, de la que sólo quedó su tejado, atan los caparazones a una cuerda que será trasladada en lancha a las bateas que flotan en lontananza y crían hasta 150 ostras cada una. Antes del tsunami, las ostras de este pueblo del noreste de Japón se pagaban a precio de oro en la lonja tokiota de Tsukiji, la más exigente y selecta del mundo. Ahora, son la simiente del futuro y un símbolo de la recuperación tras la catástrofe del año pasado. La gran ola mató a un mariscador y varios oficinistas, destruyó el 80 por ciento de la compañía y dejó sin hogar al 90 por ciento de los 76 empleados resume su director, Seji Suzuki. Al principio pensó que sería imposible recuperar la economía local porque todos los criaderos de la región de Tohoku habían resultado destruidos pero ahora se muestra ilusionado porque no saldremos adelante si seguimos mirando atrás Aunque el seguro sólo cubrió parcialmente los daños, la firma recibió subvenciones del Gobierno para la reconstrucción y pudo comprar 11.000 semillas en la cercana ciudad de Ishinomaki. Además, algunas ostras sobrevivieron y fueron encontradas entre las montañas de escombros arrastrados por la corriente hasta la orilla. En el muelle, con diligencia y paciencia niponas, un ope- rario raspa con un cuchillo grandes ostras recubiertas de barro y trozos de maroma incrustados en sus conchas. Tenemos ansiedad y miedo al futuro porque lo perdimos todo y no hay mucha información del Gobierno sobre la reconstrucción se queja uno de los mariscadores, Hideo Oishi, que a sus 60 años debe empezar de nuevo porque el mar se tragó su hogar y ahora vive en una casa prefabricada. Barcos apilados en el muelle En el puerto de Osawa, donde había 200 barcos, más de la mitad fueron barridos por el tsunami. Como un macabro recuerdo, siguen apilados uno sobre otro en el muelle junto a la nave de Tsuyoshi Omachi, que se dedica a la pesca de salmón, atún y calamar. Su hermano, Manabu, salvó la embarcación: en lugar de huir hacia una colina elevada al escuchar la alarma de tsunami tras el terremoto del 11 de marzo, zarpó mar adentro para que las olas pasaran por debajo del casco. A 100 kilómetros de la devastada bahía de Yamada, el mismo paisaje de ruinas y barcos varados se repite en Kesennuma, en la vecina prefectura de Miyagi. Reconstruido después que las olas llegaran a la tercera planta, el astillero Marutake ha reparado en el último año 150 pesqueros dañados por el tsunami. Aquel día, tenía un barco terminado y a punto de entregar que no había cobrado se queja el dueño del astillero, Katsunao Suzuki, quien perdió 400 millones de yenes (3,7 millones de euros) pero descarta marcharse de Kesennuma. Si nos vamos los que construimos barcos, este pueblo pesquero se morirá concluye esperanzado en el futuro.