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66 LOS DOMINGOS DE ABC DOMINGO, 26 DE FEBRERO DE 2012 abc. es ABC En cuclillas, Hatsumi Sasaki llora entre las ruinas de la devastada Rikuzentakata, donde el tsunami sólo dejó un árbol en pie Los olvidados del Perdieron sus hogares y a sus familiares bajo las olas gigantes. Y para colmo, su drama quedó eclipsado por Fukushima. ABC recorre un año después la costa japonesa. Miles de personas siguen recogiendo escombros Texto: PABLO M. DÍEZ. Fotos: ÁLVARO YBARRA ZAVALA. Enviados especiales a Japón uando, el 11 del marzo del año pasado, sonaron las alarmas avisando del tsunami que venía tras el potente terremoto que había sacudido la costa noreste de Japón, todo el mundo huyó corriendo a las colinas más elevadas para resguardarse de la crecida del mar. Todo el mundo menos los pescadores. En el puerto de Osawa, en la prefectura de Iwate, Zenichi Omichi enfiló como un rayo hacia su barco y, con el tiempo justo antes de que llegaran las olas gigantes, zarpó mar adentro para retirarse de la costa. A 800 metros de la playa, el tsunami pasó por debajo del casco, pero Zenichi vio cómo arrasaba la bella bahía de C Yamada llevándose consigo cientos de casas, entre ellas la suya. Salvé mi barco, pero perdí mi hogar nos dice el pescador, que a sus 67 años se ganaba la vida cultivando ostras y vieiras. Tras refugiarse los primeros meses en un centro temporal de evacuados, vive desde el verano en una de las 55 casas prefabricadas levantadas en Osawa a orillas de la carretera 45, que bordea la costa nipona entre bahías de románticos atardeceres y frondosos bosques de cedros. Allí se alojan 120 personas a las que el mar, que antes se lo había dado todo, les arrebató sus hogares y hasta sus familiares. El 11 de marzo no teníamos nada re- cuerda Kime Fukushi, una mujer de 63 años que, tras oír la alerta de tsunamis, corrió a su casa para recoger el altar budista con los retratos de sus padres. Su marido, Aiko, de 65, pudo salvar el barco con el que él y su hijo, de 34, salen cada día a faenar para cultivar ostras en sus bateas, pero la fuerza de las olas barrió su casa, en la que llevaba viviendo cuatro décadas. Estaba a 100 metros de la costa y pensábamos que sería protegida por los diques de contención y por los robustos cimientos que sostenían las dos plantas, pero no quedó nada de ella se lamenta el hombre en su diminuta casa prefabricada. Con eficacia nipona, sus escasos 40 metros cuadrados se aprovechan al máximo en un dormitorio con tatami, el comedor, la cocina y el baño. Para hacerlos más acogedores, estos módulos de contrachapado que parecen contenedores de mercancías vienen equipados con pantallas de plasma, frigoríficos, microondas y arroceras que ha donado la multinacional electrónica Sharp. En la salita de Aiko y Kime Fukushi, de las paredes forradas cuelga un almanaque con fotos de la respetada Familia Imperial nipona, que este año ha visitado varias veces las áreas devastadas por el tsunami pese al delicado estado de salud del ancia-