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36 LA CUARESMA EN ABC DOMINGO, 26 DE FEBRERO DE 2012 cordoba. abc. es ABC Las cofradías arropan al Cristo del Descendimiento en el rezo de las estaciones por un recorrido de gran belleza que tuvo en el Puente Romano uno de sus mejores momentos Camino de cruz y ensueño ¿M POR LUIS MIRANDA CÓRDOBA irar al interior? No es que no haga falta, y muchos de los que estaban en las aceras lo harían y lo harán, pero la tarde de ayer era para beberse las calles, para empaparse de una ciudad que respiraba espiritualidad precisamente por su parte más hermosa y a la mejor hora del año y del mundo. Descendía primavera, que diría el poeta, aunque el almanaque diga que todavía habrá que esperar casi un mes. Pero el presentimiento es muy fuerte, y no había más que salir a la calle para darle pellizcos al aire y comprender que ya estaba a la vuelta de la esquina. Por el Puente Romano, dorado en su cara occidental por un sol declinante que cada día quiere estar en Córdoba unos cuantos minutos más, llegaba el cortejo de estandartes y varas, guiados por una cruz que se sabe el camino del río de memoria. Por allí, arropada por varias decenas de hermandades de gloria y penitencia, venía el Cristo del Descendimiento, el titular de la más antigua de las cofradías que cruzan el Guadalquivir y en torno al cual las cofradías rezaban el Via Crucis. Era una tarde como de deshielo, como si no hubiera derecho a templar el ambiente después de que los huesos todavía recuerden la severidad polar de las semanas anteriores. Por eso en la Puerta del Puente sorprendía una temperatura que contaba, sin que todavía se hubieran visto las primeras cruces, que algo grande esperaba a la vuelta de cualquier lugar hermoso. Así sería. Tras del cortejo de hermandades, y precedido por su cuerpo de acólitos, llegaba el Cristo del Descendimiento. Le rodeaba un aire de novedad y otro de Viernes Santo de toda la vida. No había esta vez el brillo del oro de su paso y de los claveles rojos y los capirotes que le dan cortejo en la foto de la memoria. Ahora todo venía resuelto en la oscuridad y la penitencia de la Cuaresma. No iba el Señor bajando de la cruz, o al menos no de la arbórea de la que pende en su capilla y en su paso. Dolores y Soledad Iba sobre unas andas donde la cruz se reviste como un catafalco negro. Son las que llevan cada año al Santísimo Cristo de la Clemencia en su Via Crucis, y que la hermandad de Nuestra Señora de los Dolores había cedido. Para que no se perdiera el aire a Viernes Santo que había en el aire, la luz también era de la que brilla en esta tarde. En las esquinas estaban los faroles de caoba y bronce de María Santísima en su Soledad, con su cera tiniebla. En los dos laterales de las andas, centros de iris morados. Por el Puente Romano, cuando el sol empezaba a declinar con más dulzura, venía el Señor con la mano derecha tendida al pueblo, como suele, y tendido sobre el negro casi llegaba a parecer un yacente. Pasó por primera vez bajo la Puerta del Puente, porque la lluvia se lo impidió en la Semana Santa pasada. No era un Via Crucis de siseos ni silencios obligados, porque la presencia fúnebre de la imagen obligaba a hablar en voz baja y a acompañar. Delante, el quinteto musical de la banda de la Esperanza (oboe, flauta, clarine- El Cristo del Descendimiento, en el Puente. Arriba, cofradías al llegar al Patio de los Naranjos Cambio El cortejo no pasó por el altar mayor de la Catedral en un recorrido en el que no estuvo el obispo te, trombón y bombardino) contribuía al tono reflexivo de la tarde. Por todo el camino se iba rezando el Via Crucis, acompañando al Cristo del Descendimiento en el recuerdo de la Pasión. Lo hacían el pregonero de la Semana Santa, Enrique León; el de la Juventud, Álvaro Espejo; y el de las Glorias, Fermín Pérez. En el ba-