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ABC DOMINGO, 26 DE FEBRERO DE 2012 abc. es opinion LA TERCERA 3 F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O L U C A D E T E N A EUROPA POR EUGENIO TRÍAS Europa renacerá siempre de sus cenizas, por mucho que se la quiera desahuciar, o se decrete mendazmente su decadencia. Quizás carece del dinamismo demográfico y del crecimiento de los países emergentes, pero nadie le iguala en la gestación de una civilización secular y terminó convirtiendo esa disidencia de dos frentes, las derechas próximas a Berlín y Roma, las izquierdas escoradas hacia Moscú, en una terrible carnicería fratricida que trajo consigo guerra civil, holocausto de los vencidos y, finalmente, un régimen siempre superviviente que, a fines de los años cincuenta, optó por la economía frente a las disputas ideológicas. La economía ha salvado a esta Europa renacida tras guerras civiles y guerras mundiales, librándola de las tentaciones militares y de las ambiciones cesaristas. Una Europa de mercaderes fue el gran invento. Fue el sustento en la infraestructura de una reconstrucción en toda regla de ese gran mosaico de ciudades y países que asociamos a Europa. He sido siempre ferviente viajero por los parajes que el cine también contribuye a conocer, como en una de las mejores películas de Wim Wenders: Alicia en las ciudades, que propone una visita al entramado urbano del Ruhr, de resonancias míticas nibelungas. Del Mediterráneo al Báltico, los grandes mares lacustres de esta Europa tan querida, muestran todas las huellas de una civilización común, una arquitectura compartida, una religión que introduce pautas civilizatorias superiores al paganismo o al animismo. Ciudades como la hermosa Estocolmo, Venecia del norte, inmortalizada por Ingmar Bergman. Otras ciudades bálticas, Helsinki, Riga, Gdansk (Dancig) hoy polaca. Las ciudades de la Liga Hanseática, Lübeck, Bremen, Hamburgo, o bajando por el Rhin, en memoria mítica wagneriana, la ruta románica de Mainz y Koblenz, dejando la gran ciudad del majestuoso gótico catedralicio, donde viví más de dos años: Köln (Colonia) Y Viena, sede de dos principales escuelas musicales, la clásica (Haydn, Mozart, Beethoven) y la atonal- dodecafónica (Schönberg y sus discípulos) una de las grandes capitales europeas, con Praga y Budapest como cortejo. Europa limita al norte con esa sorprendente cultura de los Eddas (Mayor y Menor) cultivada en el horno de toda la mitología de herreros y alquimistas en Islandia. El frío intenso de esas altitudes polares permitió irradiar, desde la Alta Edad Media, cultura magnificente por toda Europa, fecundando su épica y su lírica. Y por el sur con la comunidad del Mare Nostrum, que tiene en Italia su paradigma, con toda la historia del arte que puede recorrerse desde Siena hasta Pompeya, o desde Verona y Vicenza hasta Rávena y Palermo, con Siracusa y con la costa amalfitana: Roma, Capri, Nápoles, Sorrento. Es la Europa de las ciudades, la que culmina en la isla de Francia y en el ducado de Borgoña, desde los Países Bajos hasta el Franco Condado y Dijon; desde París hasta la ruta del gótico: Estrasburgo, Reims, Amiens, Chartres, Bourges. Y desde luego nuestra España, de Madrid a Sevilla, de Barcelona y Valencia hasta Málaga, con la presencia de arquitectura islámica y renacentista en Úbeda, en Baeza, en Granada, en Córdoba. H E vuelto a ver Europa, la excelente película de Lars von Trier que nos muestra en un viaje en tren una Alemania devastada a través de los ojos de un joven norteamericano. He evocado algunas de las más impactantes películas sobre esa Alemania aniquilada, con sombras fantasmales de soldados que vuelven a sus casas, padres alcohólicos, hijos que no pueden soportar la presión y terminan suicidándose. Un niño se quita la vida: algo escalofriante que muestra Roberto Rossellini en su inigualable Alemania, año cero. Europa es el Ave Fénix. Tras dos guerras civiles terribles: la Gran Guerra de trincheras- -inmortalizada en Senderos de Gloria por Stanley Kubrick- -y la Segunda Guerra Mundial- -de naturaleza apocalíptica- -logra sobrevivir, con la ayuda norteamericana, a través del Plan Marshall. Esa Europa hundida por fascismos y nacionalsocialismos consigue rehacer su maltrecha economía de forma brillante. Aunque lastrada por la guerra civil y una cruel posguerra, también España logrará reconstruirse a finales de los años cincuenta. Austeros planes de estabilidad y desarrollo marcaron el renacimiento de nuestro país: la inversión de las relaciones campo y ciudad, la progresiva desaparición del analfabetismo, la modesta cultura del seiscientos, los cambios de mentalidad impregnados de economicismo. La economía es siempre la mejor apuesta. Lo fue para los vencedores de la contienda mundial, los norteamericanos, que optaron por los mercaderes (las empresas multinacionales) en su pleito con los militares. Europa siempre se había unificado por las armas: Napoleón fue derribando los vestigios feudales y principescos hasta que terminó su gesta al hundirse en los fríos rusos y en las guerrillas españolas. Ya Carlos V de Alemania se propuso, por vía dinástica, la unificación europea, pero chocó con Francia, con la Alemania luterana y hasta con el Vaticano y los turcos. Hitler quiso repetir la gesta napoleónica, pero lo hizo en el modo de una guerra ideológica entre dos grandes principios totalitarios: nacionalsocialismo y comunismo estalinista. Toda Europa vivió en sus entrañas esa guerra a muerte feroz y despiadada. Las masas asaltaron calles y plazas en todas partes; también en España, disciplinadas por leninismos, anarquismos y ultraderechas fascistas. El ejército se alzó E sa es nuestra Europa de mercaderes y ciudades, del proyecto del euro y de una cultura común, del estado de bienestar, que desde luego debe ser reajustado, y de una identidad que no puede jamás negarse. Esa es la Europa en la que queremos vivir y morir, en paz, en reconciliación perpetua. Esa Europa debe integrar, sin duda, los países más deprimidos: Grecia, cuna de ideas y de formas. Pero sería también buena la apertura a ese país decisivo, Turquía, enlace de nuestra Europa con el mundo del islam, con tantas huellas de nuestra cultura y civilización: Santa Sofía, el hipódromo, Éfeso, la costa Licia. Pero Europa es también Lisboa, con sus elevadores urbanos. Y desde luego Gran Bretaña, con su hermosísima capital. Chelsea, South Kensington, Hampstead, Picadilly Circus. O Dublín, la ciudad de Molly Malone (que de día vendía cockles and mussels, berberechos y mejillones) Tiene una estatua en Dublín de obligada visita. Apuesto a que Europa renacerá siempre de sus cenizas, por mucho que se la quiera desahuciar, o se decrete mendazmente su decadencia. Quizás carece del dinamismo demográfico y del crecimiento de los países emergentes: Brasil, India, China, Vietnam, pero nadie le iguala en la gestación de una civilización secular. Norteamérica le salvó de su hundimiento tras la segunda guerra mundial, pero supo reconstruirse y tender lazos de conciliación gracias a esos gigantes políticos que fueron Adenauer, De Gasperi, Churchill, Mendes France, Spaak, hasta llegar a nuestros días. Deseamos ahora para Europa políticos con imaginación que sepan plasmar su unidad y diversidad en formas políticas nuevas. Europa quizás no pueda poseer los niveles de intensa unidad de los Estados Unidos de América, o de Brasil, ni el empuje de los colosos orientales (China, India) pero es capaz de aunar voluntades, pese a todos los particularismos nacionales, sobre sólidas bases económicas y sociales, con la cobertura de una apuesta comprometida con los derechos humanos y con los elementales principios de la justicia. Esa es la Europa nuestra, la que queremos, la que deseamos, pues ella es nuestra verdadera patria, la super- nación con la que podemos sentirnos identificados. EUGENIO TRÍAS FILÓSOFO