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ABC SÁBADO, 25 DE FEBRERO DE 2012 abc. es opinion LA TERCERA 3 F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O L U C A D E T E N A CONTRA LOS CAZATESOROS Y LA INCURIA ARQUEOLÓGICA Hoy llegan a España las monedas de la fragata Mercedes expoliadas por los cazatesoros de Odyssey Marine Exploration. Tras la victoria española ante la Justicia de EE. UU. hay que mejorar otras cosas POR FILIPE VIEIRA DE CASTRO Debemos crear un entorno nuevo en el que los jóvenes arqueólogos puedan prosperar y producir un trabajo de excelencia, supervisados por un sistema de pares. Y siempre en contacto con las universidades, las fuerzas del orden que protegen el patrimonio y el público C UANDO yo era niño la avaricia era un pecado mortal. O era una pasión que ensuciaba todo lo que el avaro tocaba, desde la vida a la muerte, desde el entorno hasta la política, la filosofía, la ciencia incluso. Debió ser en algún momento al final de la década de los setenta- ¡debí perderme aquella reunión! -cuando la avaricia se transformó en una virtud social, la fuerza que alimenta el progreso y, según me dijeron, la democracia. Fue en este contexto en el que la industria cazatesoros llegó a ser parte del sueño americano. Y comenzó en Florida, un remanso poblado principalmente por caimanes y desdentados importadores de cocaína. Nunca pude entender cómo alguien puede defender la destrucción organizada del patrimonio cultural sumergido de la Humanidad por el lucro inmediato. Nadie lo entiende cuando hablamos del patrimonio cultural en tierra. La diferencia es que en tierra cualquiera puede ver los restos. Para tener valor en la imaginación del público, los yacimientos subacuáticos deberán ser filmados, fotografiados, publicados y compartidos con la sociedad. La industria cazatesoros reivindica, y frecuentemente con razón, que los arqueólgos náuticos forman una clase especial de burócratas que no llega a publicar el resultado de sus excavaciones, que trafica con su conocimiento entre amigos, y desperdicia sus días conspirando para impedir que las jóvenes generaciones excaven. Y tengo que coincidir ampliamente con ellos al respecto. Sin embargo no puedo imaginar cómo puede esto justificar la alternativa que ofrecen los cazatesoros: explotar yacimientos arqueológicos para extraer los restos con valor comercial, ignorando y destruyendo todo lo que no pueda venderse, y ahorrando el dinero que costaría la documentación paciente y profesional de todo el contexto histórico. Hay que decir claramente que Odyssey no es el principal problema, porque además no es una compañía cazatesoros que pueda situarse en la media. Contrató arqueólogos y ha comenzado a gastar algún dinero en el registro, estudio y publicación de algunos de sus yacimientos. Al hacerlo, Odyssey ha estado cambiando, de hecho, las reglas del juego. Creo que esta estrategia va a cambiar el paisaje y a hacer borrosa la línea que existe entre ellos y nosotros. Y quizá llegue a forzarnos a reevaluar la actitud hipócrita que mantenemos hacia nosotros mismos, en tanto que clase. ¿O acaso es más inmoral excavar un yacimiento con financiación privada, extraer y vender los restos con valor comercial, y publicar una relación, aunque incompleta y mal hecha, de lo que hay en él, con los pocos detalles que el mercado permita a los cazatesoros reunir, que excavar ese yacimiento con un criterio estrictamente arqueológico, financiado con el dinero de los contribuyentes, para después sentarse sobre las conclusiones y ocultar los datos de la investigación hasta que la muerte nos separe Creo que el primer problema del patrimonio cultural subacuático es, precisamente, que está sumergido, fuera del alcance de la vista del público. La mayor parte de las destrucciones ocurren en el azul desconocido y son realmente difíciles de imaginar. El público, los medios y los políticos tienen otras prioridades. Todos andamos muy ocupados. La conservación in situ la principal recomendación de la Convención de la Unesco para el patrimonio subacuático debería ser una estrategia intensiva y costosa, porque implica grabar, proteger y monitorizar cada yacimiento. En algunos países, sin embargo, invocan la conservación in situ tan solo como un pretexto para no hacer nada y prohibir que se intente hacer algo. Se ha convertido en la panacea para justificar la desidia, pero la incuria es una política peligrosa, irreal e impopular. Porque los pecios abandonados serán hallados, y porque además esa inacción deja los mejores yacimientos al al- Y cance de los cazatesoros, que nunca dejan de anunciarse como aquellos que sí hacen cosas y acusan a los arqueólogos de perezosos prohibicionistas, siempre faltos del equipo necesario y la ambición de financiarse. El segundo es que los arqueólogos no son administradores profesionales. El patrimonio sumergido de cualquier país requiere evaluación, una buena base de datos, y luego diagnósticos, y después pronósticos, y más tarde planes de acción y siempre con un presupuesto anejo. Los arqueólogos deberían ser capaces de administrar a los políticos y no al revés. Creo que, en lugar de luchar unos contra otros, deberíamos intentar la puesta en pie de un entorno nuevo en el que las jóvenes generaciones puedan prosperar y producir un trabajo de excelencia enmarcado en una estructura de poder difusa, supervisada por un buen sistema científico de revisión entre pares. Y siempre en permanente contacto con las universidades, las fuerzas del orden que protegen el patrimonio y el público. Si estuviéramos excavando y publicando tan intensamente como seamos capaces, los cazatesoros se quedarían sin espacio para sobrevivir. justamente el tercero de los problemas, al menos en la Europa mediterránea, es cultural. Los arqueólogos adoran los secretos; no hablan, no comparten, desperdician sus vidas luchando unos contra otros y la percepción de su valor social es generalmente baja. Mientras tanto, los cazatesoros contratan expertos en marketing y aprenden a influir como lobby en las clases dirigentes. De hecho, la mayor parte de mis colegas europeos aún no han entendido que los políticos ya no tienen virtualmente poder en este mundo global. Trabajan para las altas clases dirigentes y llegan a hacer lo que se les pide. Su trabajo en ocasiones consiste en desenfocar y justificar la desigualdad, la contaminación y, algunas veces, la guerra. Desde mi punto de vista la solución no estriba en los políticos sino en la opinión pública, sobre todo la de las clases dirigentes. Porque creo que si no reunimos el apoyo de los muy ricos, no lograremos un cambio. Sabemos que en este mundo, tan intensamente mediatizado, cada idea puede ser distorsionada- -por los medios que ellos poseen- -hasta que parezca justa, incluso la destrucción del patrimonio cultural sumergido para el lucro inmediato. Y si me piden un elocuente ejemplo de lo que quiero decir, les señalaría la manera escandalosa en la que los medios británicos y estadounidenses han narrado la historia de la fragata Mercedes al público anglosajón. FILIPE VIEIRA DE CASTRO ARQUEÓLOGO. TEXAS A M UNIVERSITY