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ABC VIERNES, 17 DE FEBRERO DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL BURLADERO derechos tan elementales como el uso de su lengua. UNA RAYA EN EL AGUA CARLOS HERRERA MAS EN LE MONDE Es un discurso perverso que aviva fuegos inocentes en aquellos que tienen menos información D ECLARACIONES de Artur Mas a Le Monde Los catalanes formamos parte de España por la fuerza desde hace trescientos años. Mentira, pero qué le vamos a hacer, la historia menuda de los paisanajes se escribe a base de leyendas. El presidente de la Generalitat manosea la historia de las cosas al objeto de obtener esa cierta ventaja que brinda la bruma de la falsedad. Puede sentirse todo lo independentista que quiera, todo lo aparte que le apetezca, todo lo catalán que le plazca, pero no debe de reinterpretar el pasado para objetivos mezquinos. A CiU le complace gestionar el independentismo, no tanto la independencia. Resulta más confortable juguetear con ensoñaciones y caramelizar diversos estratossocialesqueresponder conrealismo alosdesafíos del día a día. Hay un indescriptible infantilismo en manejar del derecho y del revés los planos de la fabulación. Mas, Artur Mas, el Capitán Cataluña, supone queel final dela relacióncon el resto deEspaña pasa por la no admisión por el Gobierno central del pacto fiscal que exige el gobierno de la Generalitat. En ese momento, un referéndum resultaría letal para los partidarios de seguir en la estructura de un Estadocomoelespañolque, comoessabido, hanegado cualquier reivindicación o cualquier derecho reclamado por las autoridades del Principado. El resto deEspaña, como sino tuvieraproblemaspropios, parece que hubiera negado a los ciudadanos catalanes Qué disparate. El propio Mas reconoce contrariado que la realidad catalana es una mezcla tan espesa que en ella se identifican catalanistas, españolistas, mediopensionistas, familias cruzadas y empresas que basan los beneficios de su negocio en la circulación de bienes y efectos entre Cataluña y el resto. Con ese panorama esfácilpensar quehaya gentequeno estépor aventuras, por experimentos sociopolíticos, por cruce de familias con los bártulos cargados en los hombros. Mas lo sabe, pero prefiere la fábula y opta por hacer de ella una verdad tangible, una permanente amenaza, una tergiversación permanente. Así se gobierna entreteniendo al censo y permitiendo charlas de café en las que imaginar un espléndido futuro en soledad, sindependerdeestospuñeterosespañoles quenohacen sino vivir de nuestros estímulos, de nuestro trabajo, de nuestros impuestos, de nuestra tradicional laboriosidad. Es un discurso perverso que, si bien no tiene porqué prender en capas sociales avisadas, sí aviva fuegos inocentes en aquellos que tienen menos acceso a la información. A partir de ahí la monserga esclara: cada vezque quieraobtener algún objeto político blandiré la amenaza permanente, aunque sea a costa de convertir Cataluña en una pobre expresión contrariada de sí misma, en una frustración permanente, en un no saber definitivamente qué soy gracias a no saber adónde me dirijo. Las declaraciones del presidente de la Generalitat al periódico francés contienen todos los elementos del drama sociopolítico catalán. No ha evitado uno sólo. Podríamos ser europeos en soledad pero no lo somos, la fuerza bruta de las armas nos mantiene dentro del Estado español, nos roban nuestro dinero, no nos dejan ser lo que queremos, no podemos ejercer de catalanes y tal ytal. Es una vieja estrategia: voy a hacerme el odioso para así poder decir que me odian por ser lo que soy. A la tensión de tener que resolver día a día los desafíos a los que nos somete el tiempo que nos ha tocado vivir, los catalanes han de añadir el espeso y plúmbeo aspecto identitario al que, como un ejercicio gimnástico de obligado cumplimiento, le someten sus responsables públicos, políticosono. Quenopase un sólodía sin debatirnosentrepapáymamá, entre lobuenoylomalo, entre lanoche y el día. Qué pesadez. IGNACIO CAMACHO LA PISCINA Los sindicatos quieren saber si hay agua en la piscina del malestar porque no pueden arriesgarse a perder otra huelga E MÁXIMO L domingo, mientras Rajoy pronuncia en Sevilla la primera arenga de la conquista de Al Andalus- -el último bastión, el moderno reino de Granada de la socialdemocracia- los sindicatos van a tomar en la calle la temperatura del malestar social contra el ajuste. Los líderes laborales desconfían de sus propias fuerzas y quieren saber si hay agua en la piscina de la huelga general antes de lanzarse por segunda vez desde el resbaloso trampolín del descontento. Temen que el relato de los recortes haya prendido en una sociedad desesperanzada por la magnitud de la crisis y tienen motivos para no estar seguros. En una España con cinco millones de parados, cuatro de contratos temporales, dos de autónomos y tres de funcionarios, la mitad de la población activa no se siente concernida por el precio del despido. En el test del cabreo ciudadano las centrales van a contar con el respaldo inicial de los indignados, que es una ayuda de doble filo porque muchos de ellos claman también contra los privilegios sindicales y preconizan la acción directa sin intermediarios. La movilización dominical intentará frenar la autocomplacencia de un PP que va a aclamarse a sí mismo en un Congreso de apariencia confortable, sedado por la cohesión del poder. Y aunque el poder no sea en estos momentos el sitio más abrigado de la escena, más frío hace fuera, en el páramo de una oposición sin expectativas. Quizá por eso la izquierda ha decidido agarrar con todas las consecuencias la bandera de la protesta contra el primer gran envite social que el Gobierno ha puesto sobre la mesa. En el Parlamento el PSOE e IU han comenzado a rivalizar por el liderazgo de la rebeldía, en un pulso que esperan retroalimentar con la presión callejera. Forzado por esa dialéctica de supervivencia, Rubalcaba trata de reinventarse en el papel de opositor como si nunca se hubiese conocido a sí mismo en el de gobernante. Tiene que romper con un pasado demasiado inmediato para no pesarle, y se ha envuelto en una cierta esquizofrenia; el miércoles acudió a comer a La Moncloa cargado de responsabilidades de Estado y sabiendo que tal vez pronto tenga que volver parapetado tras una pancarta. Por ahora los socialistas se ven obligados a ceder el protagonismo de la rebeldía. El cuerpo les pide guerra pero saben que está reciente el tiempo en que eran ellos los que aplicaban recortes del bienestar y han de ser prudentes en la administración de sus propias legitimidades. También los sindicatos son cautelosos; lo último que pueden hacer es perder otra huelga. En ese limbo de prudencias forzosas queda cancha libre para los radicales, dispuestosa inflamar el ambientepor su cuenta. El domingo se podrá calibrar el calendario de la confrontación; la estrategia política convencional aconseja medir ritmos y pasos pero la hegemonía del PP está enemistando a algunos con la paciencia.