Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC JUEVES, 16 DE FEBRERO DE 2012 abc. es opinion LA TERCERA 3 F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O L U C A D E T E N A ¿PRIMAVERA O INVIERNO ÁRABE? POR JOSÉ MARÍA CARRASCAL Que en el mundo árabe- musulmán están ocurriendo acontecimientos impensables es evidente. Pero hacia dónde tirarán resulta cada vez más difícil de adivinar, y puede que su trayectoria no coincida con la nuestra T lasts less than an arab spring, dura menos que una primavera árabe, empieza a ser un irónico y amargo dicho en los corrillos diplomáticos. Exagerado, pero con un fondo de verdad. Que en el mundo árabe ha habido cambios importantes en los últimos tiempos, que se han conmovido estructuras que se creían eternas y que surgen en él corrientes impensables hasta hace muy poco no cabe la menor duda. Basta contar los gobiernos derribados, las multitudes sublevadas, las víctimas causadas, el protagonismo de sectores sociales hasta ahora en la sombra. Pero no sabemos hacia dónde tiran esas multitudes, qué cambios traerán en su liderato ni cuáles serán las nuevas estructuras. Por lo que llamar lo que allí está ocurriendo la gran revolución del siglo XXI parece exagerado o, por lo menos, prematuro. Examinémoslo de cerca. Comenzó, como tantos acontecimientos de la historia universal, con un incidente insignificante en diciembre de 2010: en una calle de Sidi Buzid (Túnez) un policía decomisó el carrito de un vendedor ambulante de fruta, Mohamed Buaziz. No era la primera vez que le ocurría, y Mohamed solía solventarlo con una mordida al agente. Pero aquel día se negó a dársela e incluso se fue a la comisaría a denunciarle. La funcionaria le escupió en la cara. Fue lo que colmó su paciencia, y aquella misma tarde Mohamed, no teniendo otra forma de protestar, se quemó a lo bonzo. A lomos de internet, el fuego se extendió como un incendio en una pradera seca, convirtiendo a Mohamed en un mártir y acabando con el régimen de Ben Alí, que llevaba 24 años en el poder, dejando al descubierto la red familiar que se había apoderado de Túnez, para extenderse luego más allá de sus fronteras. Y cuando, seis meses más tarde, al morir el joven Jaled Said a golpes de la Policía egipcia en Alejandría, sus compañeros crearon en Facebook un portal con el nombre Todos somos Jaled Said las llamas se llevaron por delante a Hosni Mubarak, uno de los líderes más asentados de ese mundo. A partir de ahí todo era posible, y el próximo en caer fue Gadafi, con ayuda occidental, desde luego. Un escenario que se está repitiendo en Siria, tras convulsiones en Yemen y algún emirato, que los saudíes tratan de refrenar, ante un Occidente cada vez más inquieto. ¿Qué quieren esas multitudes que desafían en calles, plazas, campos de fútbol, a sus policías, a sus ejércitos, a sus presidentes de por vida? Posiblemente nuestro error consista en trasladarles nuestra experiencia, ver la primavera árabe como una versión de las revoluciones inglesa, francesa o norteamericana, con sus aspiraciones de libertad, igualdad y fraternidad. Sin duda lo quieren, pero quieren sobre todo DIGNIDAD. Están hartos de ser tratados como inferiores, de soportar todo tipo de humillaciones, primero, de los colonos europeos; luego, de sus propios dirigentes, políticos y militares, que se han apoderado no solo de las riquezas de sus países, sino también de sus habitantes. En contra de eso se quemó Mohamed Buaziz en Túnez, y siguen manifestándose en El Cairo y muriendo en Siria. Pero a medida que ese movimiento se extiende, muestra también sus carencias. Más que una revolución en el sentido europeo, es una rebelión de las masas en el sentido orteguiano, por lo que conviene reanalizarla. Ortega señaló la diferencia entre revolución y revuelta. La revuelta, dijo, va contra los abusos que se están cometiendo en una sociedad por parte de sus clases dirigentes. La revolución, contra los usos imperantes en la misma. Diferencia fundamental, porque mientras que la revolución cambia los planteamientos de una sociedad, la revuelta se contenta con corregir sus excesos. ¿Y qué cambio quiere la primavera árabe Llevados de nuestro eurocentrismo, creímos que esas multitudes querían hacer lo que nosotros hicimos hace ya tiempo: cambiar el viejo régimen por otro completamente nuevo, lograr la libertad individual y la igualdad de derechos entre todos los ciudadanos, no importa la posición, edad o sexo. Pero pudiera ser, y las primeras elecciones nos lo advierten, que los árabes no quieran ir tan lejos, que aquellas multitudes deseen acabar con los abusos en sus sociedades- -la corrupción, el despotismo, el nepotismo- pero no sus usos ancestrales. ¿Y cuáles son sus usos ancestrales? Pues el islamismo, que ha venido siendo el eje de su sociedad a lo largo de los siglos. En otras palabras: que no deseen la democracia occidental, sobre todo vistos los problemas que está teniendo en una Europa donde la crisis económica se ha convertido en general y, hasta ahora, sin soluciones. Hay otro factor a considerar: las revoluciones las hacen las multitudes solo a primera vista y en su última etapa. Mucho antes de ese estallido, han germinado en la cabeza de unos intelectuales y filtrado a unas elites rectoras, que serán las que conduzcan a la toma de las Bastillas. La Revolución Francesa estuvo mucho antes bajo las pelucas empolvadas de la Ilustración que en los discursos de Danton, como, en un plano distinto, la derrota de Napoleón se forjó en el campus de Eton antes que en el campo de Waterloo. Quiero decir que sin elites no hay revolución. Hay revuelta, desórdenes, violencia, confusión. ¿Y dónde están las elites en la primavera árabe Podría decirse que los protagonistas son esos chicos que, móvil en mano, dirigen la revuelta. Pero los intelectuales, sospechosos de occidentalismo apenas tienen protagonismo y sus resultados electorales son menos que pobres. Mientras, a los Hermanos Musulmanes les llueven los votos, pese a haber hecho muy poco en el alzamiento. Pero están unidos, saben lo que quieren y están dispuestos a hacer todo lo posible para alcanzarlo. Además, se han pasado décadas junto al egipcio de la calle, compartiendo penurias y humillaciones, mientras los intelectuales estaban en París o Londres. Algo así ocurre con el islamismo moderado al estilo del que practica Erdogán en Turquía, donde lleva años gobernando y hoy es un ejemplo para el resto de los países de la zona, que no acaban de salir de las actuales convulsiones. Sin que a esas multitudes les choque la vuelta a la ley islámica, que establece el velo para la mujer y la pena de muerte para los homosexuales. I E s como la primavera árabe corre el riego de convertirse en algo que nadie en Occidente había previsto, como Afganistán lo corre de volver a estar regido por los talibanes. Resulta difícil de digerir para quienes creemos en la máxima de Hegel la historia es una larga marcha del hombre hacia la libertad Pero la historia también nos enseña que esa marcha no es lineal, sino que tiene meandros, recaídas incluso en el pasado más negro, aunque dé luego dos pasos adelante. Es más: que aunque todas las revoluciones enarbolan la libertad como bandera, algunas de ellas han desembocado en la peor de las dictaduras. En cualquier caso, es demasiado pronto para saber si la primavera árabe es primavera, verano, otoño o invierno. Nos falta experiencia en el caso y nos sobra experiencia propia para juzgar con ecuanimidad. La única lección para nosotros es que los movimientos de masas, tipo 15- M Occupy Wall Street y otros sin más contenido que la indignación o la protesta, son de corto recorrido y a menudo terminan siendo aprovechados por las fuerzas más retrógradas y represivas para devolvernos al pasado más negro. Diría más: la democracia directa que propugnan no se diferencia mucho de las democracias populares que la URSS implantó en sus países satélites, que no eran democracias ni, menos, populares, como se vio tras la caída del Muro. Es verdad que la democracia representativa, la española especialmente, tiene infinidad de defectos y sectores corregibles. Pero sigue siendo la menos mala de las formas políticas posibles como advierte la cita clásica avalada por la historia. JOSÉ MARÍA CARRASCAL PERIODISTA