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44 CÓRDOBA Tribuna abierta VIERNES 30- -3- -2007 ABC Ignacio Danvila Carbonell DIEGO DE LEÓN. UN OS siglos justos atrás, venía al mundo en la ciudad de Córdoba, uno de sus hijos más destacados en los casi siempre procelosos avatares de la historia de España. Diego de León y Navarrete, hijo del Brigadier Diego Antonio de León y González de Canales, sintió desde su infancia, influenciado sin duda por su padre, la llamada a la milicia. Finalizados sus estudios de bachiller en el entonces Real Colegio de la Asunción, hoy día Instituto de Secundaria Luis de Góngora, en pleno centro de la ciudad, enfrente del domicilio familiar en la por aquellos tiempos calle Paraíso, inició la carrera de las armas al frente de una compañía, lo que colmaba a sus 17 años su impetuosa e irrefrenable vocación militar. El Regimiento Almansa número 1 de Dragones pudo contemplar atónito como aquel muchacho hacía gala ya de unas dotes de mando y entrega fuera de lo común, incluso en profesionales expertos de la milicia. Ese torrente apenas contenido de naturaleza existencial, que le acompañó toda su vida tanto en el campo profesional como personal, hace que contraiga matrimonio en 1.826, con apenas 19 años, con Pilar Juez- Sarmiento, enlace del que nacieron sus dos hijos, José y Antonio. Capitán del Regimiento de Coraceros de la Guardia Real, tuvo ocasión de adquirir un intenso afecto por la institución monárquica, muy en particular a la reina María Cristina, esposa de Fernando VII, lo que marcaría la etapa más decisiva de su vida. Iniciada la primera guerra carlista con la muerte del monarca en 1833, Diego de León, tras solicitarlo reiteradamente a sus jefes, se incorpora al conflicto como Capitán de Dragones en un regimiento de húsares del Ejército del Norte, bajo el mando del General Alaix. Ya comandante, su primera actuación heroica se produce en 1834 en la batalla de Arcos (Navarra) en la que al mando de sólo 72 jinetes derrota a una columna carlista de efectivos muy superiores. Esta hazaña le hace merecedor de su primera Gran Cruz Laureada de San Fernando. Su arrojo, casi temerario, empieza a ser comentario común de todos los que le rodean y transciende a los cenáculos sociales y políticos de la capital. Se habla no sólo de su porte gallardo e impresionante, de esto último podían dar buena cuenta sus adversarios en el campo de batalla, sino también de su extraordinaria CORDOBÉS PARA LA HISTORIA habilidad como jinete y en el manejo de la lanza, lo que sorprende a todos ya que este arma no se usaba en combate de asalto desde Carlos III, y había caído en total desuso a lo largo de la guerra de la Independencia. Un año después, a finales de 1835, y a las órdenes de Espartero como Comandante de un Escuadrón de Lanceros del Regimiento de Villaviciosa, la batalla de Lomba es nuevamente testigo del valor de Diego de León, lo que le vale su segunda Laureada. Siendo ya coronel del Regimiento de Húsares de la Princesa, en Arlabán, en marzo de 1836 y en Villarrobledo, en septiembre de ese mismo año, se va tejiendo la leyenda en torno a su persona, leyenda que ya es voz común en toda España. En esta última batalla, al frente de 150 húsares, doblega a varios regimientos carlistas, haciendo más de 1.500 prisioneros. Por los méritos de esta acción es ascendido a brigadier y se le otorga el vizcondado de Villarrobledo. Tenía sólo 29 años. Alcalá de Gurrea y Barbastro, en Huesca y especialmente Grá, en Lérida, son nuevos jalones que a lo largo de 1837 confirman la carrera del militar más legendario y popular del bando cristino. Tanto por Villarrobledo como por Grá, añade dos nuevas cruces laureadas a su historial, lo que constituye algo insólito en tan breve carrera militar. Pero el hecho más destacado de su rutilante trayectoria es, sin lugar a dudas, la carga de Belascoaín, cerca de Pamplona, sobre las tropas carlistas que bloqueaban el acceso al puente sobre el río Arga, punto neurálgico de esa zona del frente. A la cabeza de sus escuadrones con su montura al galope y lanza en ristre, el salto de la primera línea enemiga aprovechando el hueco de la tronera de un cañón, es una imagen que quedó para la historia y los grabados de la época. Una nueva laureada se añade a las anteriores así como la concesión del condado de Belascoaín. Arróniz, Sesma, Allo y Dicastillo son eslabones de una cadena que parece interminable de acciones heroicas, que sólo tienen punto final en tierras navarras con el Abrazo de Vergara de agosto de 1839. Las tropas de Cabrera, que no se dio por afectado con el tratado entre Maroto y Espartero, conocen de primera mano en Ginebrosa, Segura de los Baños y Castellote, en Teruel, las extraordinarias condiciones de estratega y táctico del ya pa- D La pena sufrida por el general de León no le deshonró ni menoscabó en lo más mínimo su gloria, tan justamente adquirida ra entonces teniente general. Pero el desenlace definitivo de la contienda derivado de la marcha de Cabrera a Francia en 1840, y la convulsa situación provocada por el exilio de Doña Cristina acaecido en octubre de ese año, colocan a Diego de León en un campo de batalla para el que no tenía ni dotes ni vocación: la política. Su enfrentamiento con Espartero, compañero de armas en tantas acciones de guerra, especialmente al ocupar éste la regencia en mayo de 1841, y su voluntad decidida de reponer en el trono a la Reina Cristina, por la que sentía una verdadera lealtad y devoción desde sus años en la Guardia Real, le hacen entrar en contacto con Piquero, O donnell, de la Concha, Pezuela y otros muchos mandos del ejército que pensaban como él. La situación de la Princesa de Asturias, Isabel, y su hermana Luisa Fernanda, confinadas en palacio, le parece a Diego de León inadmisible ya que, en la práctica, piensa, son auténticos rehenes del Regente. Poco más hacía falta para empujar a la acción a quien nunca había conocido el conformismo o la cautela y en la tarde del 7 de octubre, acompañado por de la Concha y Pezuela, decide asaltar el Palacio de Oriente. La enconada resistencia de la guarnición mandada por Dulce, hace fracasar estrepitosamente la operación. Diego de León es apresado en las cercanías de Colmenar Viejo, a unos 30 kilómetros al norte de Madrid, en un paraje conocido como El Soto de Viñuelas. Allí mismo, Laviña, que encabeza los efectivos que le han dado alcance y que ha estado durante muchos años de la contienda a las órdenes del general de León, le ofrece la huída hacia Portugal, pero Diego, fiel al concepto del honor que ha presidido toda su vida, rehúsa el ofrecimiento y se autoinculpa como único responsable del asalto a palacio. El consejo de guerra es inmediato y fulminante en su sentencia. Durante la semana escasa que duró, Espartero dejó claro que quería una solución rápida y disuasoria, es decir, el fusilamiento. De nada vale el deseo de la futura Isabel II de que se indulte al legendario general ya que su tutor, Argüelles, es de la opinión del Regente. La ejecución se produce en la mañana del 15 de octubre en los aledaños de la Puerta de Toledo adonde llega Diego de León aclamado por el pueblo de Madrid con su uniforme de gala. De él dice el General San Miguel, entonces Ministro de la Guerra La pena sufrida por el general de León no le deshonró ni menoscabó en lo más mínimo su gloria, tan justamente adquirida Sirva esta breve y sentida reseña biográfica para rendir justo homenaje a este héroe cordobés, paradigma del honor y la valentía, de los que hizo amplia gala a lo largo de su breve e intensa existencia, y que hizo que la España entera de su tiempo le conociese como la Primera Lanza del Reino.