
ABC
MIÉRCOLES 6 10 2004
La Tercera
UN POETA EN LA TERCERA
N
UNCA olvidaré una mañana de mediados de septiembre. Más triste que agobiado, entre la angustia y la indolencia, mi ánimo estaba por los suelos, porque no conseguía escribir unas páginas para homenajear a mi amigo invisible. Sí, en efecto, tengo un amigo invisible pero tan real como el destino. Jamás nos hemos visto cara a cara. La correspondencia epistolar, la escritura, después de habernos leído el uno al otro, ha forjado nuestra amistad. Aunque yo lo leo con fruición y dialogo frecuentemente con su pensamiento, no sabía qué decir en público para su fiesta. No había conseguido en todo el verano escribir unas cuartillas decentes sobre la grandeza de su obra y vida. Pero esa mañana había redactado unas líneas sobre el significado de la expulsión de los poetas en La República de Platón. Este asunto sería mi contribución al homenaje que preparaban en México para celebrar el 70 aniversario de un poeta de mirada interior, ennoblecedora de la realidad, y un ensayista de precisión matemática. Estaba contento esa mañana, porque había conseguido una idea para escribir una nota sobre un pensador, Gabriel Zaid, que enriqueció mi visión de la literatura y la historia de la cultura en lengua española, cuando yo venía de vuelta del neokantismo contemporáneo, esa extraña filosofía nihilista que entrega su alma al diablo con tal de esconder lo que más nos importa, la vida. Sin embargo, esa mañana el teléfono interrumpió mi plan de trabajo. La conversación fue el reencuentro con un amigo. Noté inmediatamente el calor de su amistad, porque hablábamos como si nos hubiéramos visto ayer, pero hacía más de un año que no cruzábamos palabra. Este criterio de autenticidad nunca falla. Su voz cálida y candorosa, voz poética, me decía al otro lado del hilo telefónico: Cuida el fondo, la forma, y no pases de 1.200 palabras. Espero pronto tu artículo, amigo, recibe un abrazo y al trabajo Sentí estas palabras como un susurro cariñoso dirigido al corazón de quien ha escrito en casi todas las secciones de este periódico. El alma de este cronista, política y culturalmente incorrecto, había sido acariciada. Tenía que devolver el afecto con trabajo. Dios había venido a verme. No entiendo cómo hay gente que hace ostentación de su incredulidad. La discreción es todo en materia de carencias. Al instante, cuando estuve ante la página en blanco, la alegría se transformó en responsabilidad. Otros, dicho en castizo, le llaman canguelo. Siempre necesario para aprender a poner nombre a la vida. Sin miedo no hay literatura. Para vencerlo me puse en la piel del lector de una Tercera, pues quien resuelve con solvencia esa dificultad está en el camino de darle algún sentido a su escritura. Intentarlo es no sólo el primer deber moral del escritor, sino también una muestra de que la idea es acción, política. Lo conseguí y las dudas me surgían a borbotones: ¿sobre qué escribir? ¿Qué asunto le interesa al lector de una Tercera? ¿Continuaba el ensayo sobre las perversidades de los poetas para el buen gobierno de la ciudad o emborronaba unas folios sobre los dilemas del Gobierno socialista? Opté por seguir escribiendo sobre Zaid, porque si alguien pudiera ser un emblema de esta página, pocos mejor dotados que el ensayista mexicano hallaríamos para tal menester. Hice caso a mi destino, por eso es destino, que había llevado en una misma maña-
Zaid ha llevado a la cima el ensayo de Ortega. Ha ensanchado la tradición de pensamiento de lengua española, que es a la par genuina filosofía e impecable literatura. Su obra nos ayuda a mantenernos erguidos
na milagrosamente a Zaid a la página más ensayística, o sea más creadora y científica, del periodismo hispano, y me atreví a consignar: quizá esta página sea, como el regiomontano para la cultura mexicana, uno de los principales ejes sobre los que gira las manifestaciones políticas y culturales de la nación española. Además, un buen asunto, tratado con brevedad y belleza, es la feliz coincidencia entre el uno y la otra, entre el intelectual mexicano y la página más expresiva de la intelligentsia española. Uno y otra son modelos, o mejor, varas de medir el papel social de la inteligencia pública. Zaid es, sin embargo, un intelectual alejado de las cámaras. Pocas fotos se conocen de él. Ha concedido poquísimas entrevistas. Su ocultamiento físico de la ciudad ha sido uno de sus principales atractivos. Hubo, incluso, gente que negaba su existencia. Nada más lejos de la realidad. Su ocultamiento de hombre clásico era su identidad. Porque su lugar más propio para hacernos pensar es la escritura, su genialidad discreta, que no prescribe sino que nos da a entender, que no ordena sino que narra. Su presencia escrita y su ausencia carnal son los componentes básicos para preservar la necesaria insondabilidad de la dignidad humana. El escritor no es medible. Pero quien lea a Zaid pronto comprenderá que detrás de la obra hay un hombre de carne y hueso. Una cultura. Hombre y obra son inseparables. Detrás del nombre Zaid hay un hombre, un ciudadano ejemplar, que a veces utiliza su vida como si de una pieza artística se tratara; su vida es, en ver-
dad, uno más de los múltiples artificios secretos de su escritura. Conciencia y corazón de su ciudad, detrás de este ser humano no hay un ángel, sino una biografía inseparable de una obra llena de efectividad poética. Detrás de este poeta en la práctica, de este sagaz analista de la cultura, está uno de los mayores críticos de la sociedad contemporánea en lengua española. La percepción crítica de la sociedad a través de la crítica cultural, y viceversa, permite a Zaid pensar que la desaparición del sentido práctico de la cultura, en la mejor tradición ilustrada, puede terminar arruinando la propia creación cultural. Con tanta disciplina como libertad, es decir, con método poético, y fiel a la orteguiana idea de la inseparabilidad de vida y obra, Gabriel Zaid nos muestra, nos enseña, nos educa, nos invita a adentrarnos en el gran legado de la cultura grecoromana y católica al mundo moderno: la cultura es pública o no es cultura. La cultura es política o no es: El libro es una plaza pública igual que Hyde Park. Se sale con otros ojos a la calle después de ver los cuadros de Velasco. La tierra es más habitable después de Bach. La obra de arte no es nada más un mundo: ensancha el mundo Releo a Zaid y me reitero en una vieja opinión: porque no tiene complejo de pensar en español, Zaid ha conseguido desarrollar el ensayo, como uno de los géneros más ricos de la tradición de pensamiento en lengua española, hasta el punto de convertirlo en una categoría decisiva para comprender el mundo que habitamos, para que no resbalemos sobre la vida. Zaid ha llevado a la cima el ensayo de Ortega. Ha ensanchado la tradición de pensamiento de lengua española, que es a la par genuina filosofía e impecable literatura. Su obra nos ayuda a mantenernos erguidos, a no caer en los pozos negros de una triste ciencia de citas y especialistas, de amanerados guiños intragrupales, que olvidan mirar de frente al prójimo para conversar con él considerándolo un igual, con los mismos derechos que cualquier mandarín de la industria cultural y académica a la hora de argumentar, proponer, actuar y, sobre todo, leer lo que está escrito desde antes, o desde siempre, lo que la mano va profiriendo, o el viento fisioquímico asociando en las hojas sueltas del árbol de la memoria, o todo lo que puedo encontrar materialmente y revelárseme y revelarme La obra de Zaid es una invitación al diálogo entre iguales, entre autor y lector, entre escritura y lectura, que nos permite reconocer el genio de cada uno de los interlocutores. Pero, al fin, la lectura nos hace únicos: Lo que yo leo nunca es lo que tú lees Leer a autores como Zaid nos dignifica, nos eleva, hasta adquirir el atributo decisivo de nuestra humanidad, la libertad, de alcanzarse a uno mismo como concreto porque la sagrada literatura busca a un hombre singular, a un determinado lector, a un ciudadano consciente de que un lector no es un zombi programado por un brujo, un consumidor amaestrado por televisión, un hipnotizado dirigido Obra grande la de Zaid, porque reúne, sintetiza, las cualidades del escritor, el artista y el científico. Y, sobre todo, hombre crítico, porque nunca fue entusiasta del institucionalismo culturalista. Hombre de esfuerzo, hombre, porque, a punto de cumplir los 70 años, me dijo: Estoy con más ganas de leer y escribir que nunca
AGAPITO MAESTRE