
54 Los domingos
DOMINGO 19 9 2004
ABC
MITOS A LOS 70
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más que la proporción predominaba el exceso: pronunciadas curvas, grandes ojos, gran boca, grandes... ejem. La tratta delle bianche de Luigi Comencini; Africa sotto i mari de Giovanni Roccardi, y La favorita de Cesare Bariocchi, las tres de 1952, fueron algunas de estas películas en las que pudo empezar a exhibir sus atributos interpretativos, especialmente en Dos noches con Cleopatra (1953) de Mario Mattoli, donde protagonizaba una osada escena de desnudo piscinil. Poco a poco fue haciéndose un nombre en el carnal ejército de maggiorate- -esa especie de zoológico cinematográfica de señoras de formas rotundas, populares y frescachonas: Silvana Pampanini, Gianna Maria Canale, Silvana Mangano, Yvonne Sanson... que desde finales de los años cuarenta se lanzó a conquistar el favor de las plateas italianas y consiguió propagar por los cines de medio mundo un estilo de barroca y, al tiempo, doméstica sensualidad mediterránea.
Primera película: Era lui... si, si
americano, que comenzó curiosamente en España, donde se rodó Orgullo y pasión (1956) dirigida por Stanley Kramer y donde compartía protagonismo con Frank Sinatra y Cary Grant. Ella encarnaba a una improbable españolaza que se marcaba un remedo de baile flamenco. Dos veces más rodaría Sofía Loren en España: en 1961, El Cid y en 1964, La caída del imperio romano ambas de Anthony Mann. Otros peldaños en el gradual proceso de sofisticación internacional y evolución física hacia un perfil menos excesivo fueron La sirena y el delfín (1957) de Jean Negulesco, rodada en Grecia y donde aparecía vestida con un vestido amarillo mojado que se le ajustaba a las formas como una segunda piel. Sus siguientes trabajos la llevaron a Hollywood. Se codeó con John Wayne en Arenas de muerte (1957) de Henry Hataway; con Tony Perkins
Cambio de rumbo
Participó en filmes como Aida de Carmine Gallone, donde se convirtió en princesa nubia gracias al achocolatado maquillaje, y en comedias románticas como Carrusel napolitano de Luciano Emmer, ambas de 1953, un año clave para su despegue gracias a los oficios de un avispado patrocinador, el productor Carlo Ponti, que se convertiría en su marido en 1957 y con el que ha tenido dos hijos. Así se sucedió un buen número de películas, algunas concebidas para abrirle un hueco en el mercado internacional, como la fallida Attila, flagelo di Dio (1953) de Pietro Francisci, y que la emparejó con un Anthony Quinn huno, grande y libre, pero más bien tedioso. Pero fue una comedia costumbrista que exaltaba su vena más vitalmente popular la que la lanzó al estrellato en 1954: El oro de Nápoles de Vittorio de Sica; en uno de los cuatro episodios del filme, la Loren encarnaba a Sofia, una descarada vendedora de pizzas que se ganó el corazón de los espectadores y la catapultó a un reconocimiento cimentado después con títulos como La chica del río (1954) de Mario Soldati, donde remedaba con unos ceñidísimos pantalones cortos a la Mangano de Arroz amargo y donde, vaivén va, vaivén viene, bailaba el turbador Mambo Bacan La ladrona, su padre y el taxista (1955) de De Sica y por primera vez junto a Marcello Mastroianni, que sería su pareja cinematográfica por antonomasia; La bella molinera (1955) adaptación de El sombrero de tres picos de Pedro Antonio de Alarcón, dirigida por Mario Camerini; El signo de Venus (1955) de Dino Risi, y La suerte de ser mujer (1956) de Alessandro Blasetti, pasando por Pan, amor y... (1955) también de Risi y tercera de una serie protagonizada por Vittorio de Sica, quien en las dos primeras entregas había tenido enfrente a Gina Lollobrigida, con la que la Loren mantenía por entonces un apretado pulso por hacerse con el cetro de reina de la comedia italiana. Conquistado el territorio nacional, Ponti preparó el asalto al cine norte-
EL DESQUITE DE SARITA MONTIEL
POR ENRIQUE HERREROS
E
l 14 de noviembre de 1960 empezaba el rodaje de El Cid en uno de los platós de los Estudios Chamartín. Emil Anton Bundmann, más conocido por Anthony Mann, era el director de la película y había establecido con su protagonista femenina que todas las mañanas, a las cinco y media en punto, Sofía Loren le pasara a recoger por la puerta de su casa, situada en la madrileñísima calle de San Bernardo, 117, muy cerca de la Glorieta de Quevedo. De esa manera, Tony podía repasar con ella los diálogos del día mientras se dirigían a la filmación. Pero ese método no era muy del agrado de Sarita, que, respaldada por los éxitos de El último cuplé y La Violetera en su hondón de diva no miraba con buenos ojos que Samuel Bronston no le hubiera encomendado el papel de Doña Jimena siendo su marido el director y habiendo trabajado con él en Dos pasiones y un amor en Hollywood, por si fuera poco. Cada mañana, cuando sonaba el teléfono avisando que la Loren ya estaba en el portal, a Sarita se la llevaban los demonios, y cuando su sweetie se había ido se quedaba pensando en buscar el desquite mientras se hacía rizos con el pelo, mirándose al espejo. Una madrugada, cuando daban las cinco, Sarita empezó a sufrir un fuerte retortijón de tripas que alarmó a Tony, hasta el punto de que
despertó a la sobrina de la estrella para rogarle que bajara a casa del vecino- -ella no tenía teléfono- -y llamara a Enrique Herreros, que aún estaba considerado, entre otras muchas cosas, como su descubridor, para que se hiciera cargo del problema. Yo contesté al teléfono y sospechando que se trataba de una de sus consabidas saritadas no hice mucho caso y colgué. Al poco rato, la sobrina volvió a llamar y entonces desperté a mi buen padre, que, alarmado, llamó al médico de cabecera, el doctor Carlos Estébanez, que, además, era mi padrino. Sarita despertó a nueve personas, entre los cuatro domicilios que fueron hostigados; aunque lo más importante era que la Loren ya estaba aguardando mucho tiempo en San Bernardo. Cuando llegaron el médico y mi padre, Tony se pudo meter en el coche, donde la Loren seguía sin rechistar, pero... había transcurrido casi una hora de espera. Entonces, Sarita sintió una súbita mejoría que hizo innecesaria la intervención del doctor. Esa noche, Anthony Mann, alegando que necesitaba mucha tranquilidad para abordar el rodaje de El Cid decidió irse a vivir el resto de la filmación a un apartamento de Torre España. Comprendía que no se podía repicar y a la vez andar en medio de la procesión.