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ABC LUNES 10 3 2003 El conflicto de Irak 17 DISENSIONES EN EUROPA Los laboristas británicos, al borde de la rebelión por la postura de Blair sobre Irak La dimisión de Andy Reed (Medio Ambiente) podría ser el detonante de la situación JOSÉ MANUEL COSTA CORRESPONSAL LONDRES. El descontento en las filas del Partido Laborista y la población británica ante la posibilidad de que el Reino Unido ataque Irak sin una resolución específica de las Naciones Unidas, alcanzó ayer nuevas cotas. Las nuevas encuestas dicen que sobre un 85 por ciento de los británicos se oponen a ese paso y la dimisión de un miembro menor del Gobierno es sólo un signo más de que su partido está cada vez más irritado ante la actitud de su primer ministro. La dimisión de Andy Reed, secretario parlamentario del Ministerio de Medio Ambiente no sería tan preocupante si no fuera porque Reed es un fiel neo- laborista y porque su gesto puede abrir la caja de los truenos en el mismo Gabinete y entre unos parlamentarios que hace poco más de una semana obsequiaron a Blair con la mayor rebelión parlamentaria de los últimos decenios. Ayer circulaba el rumor de que otros tres secretarios parlamentarios seguirían los pasos de Reed y para todo el mundo es obvio que altos miembros del Gabinete, como la ministra de Cooperación Internacional, Claire Short o el líder laborista de los Comunes, Robin Cook, no están en lo absoluto por seguir a Bush en su campaña iraquí. Según anunció el ministro de Exteriores, Jack Straw, los Comunes tendrán ocasión de votar sobre la línea del Gobierno. Si esto sigue en pie (el viceprimer ministro John Prescott lo confirmó ayer mismo) y Blair se planta ante el Parlamento sin una nueva resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, la revuelta parlamentaria puede adquirir rasgos cataclísmicos. Ayer se hablaba de que hasta 200 diputados laboristas se opondrían (80 más que en la última votación) Blair ganaría gracias a los conserva- Soldados gurka del primer batallón del real regimiento irlandés en Kuwait dores, pero su futuro como primer ministro no sería nada halagüeño. Aún más si, como parece, sus esfuerzos por encontrar una solución al problema palestino se ven boicoteados por Ariel Sharón. Blair ligó ambos asuntos de forma explícita ante la Cámara. El gran problema para Blair y la fuente de su desesperación consiste en que, si se lograra esa segunda resolución, tanto el país como su partido apoyarían de buena gana una intervención en Irak y considerarían que la línea seguida por el Reino Unido ha sido la adecuada. El Gobierno, o al menos algunos de quienes apoyan su postura argumentan que si la guerra es rápida, relativamente incruenta y finaliza de la mejor EPA manera posible, Blair sería considerado como un gran estadista. Esta forma de ver las cosas puede confortar al Gobierno, pero existe otra: la de que incluso aunque todo salga a pedir de boca, Blair ha engañado demasiado, ha actuado despreciando a su país y a los parlamentarios que le eligieron y, finalmente, se ha visto arrastrado a una guerra sobre la cual hace menos de cinco años decía ante el Parlamento: Incluso aunque existiera la autoridad legal para hacerlo, derrocar a Sadam mediante una acción militar requeriría el empleo de tropas de tierra a gran escala. Incluso entonces, no existiría una absoluta garantía de éxito. Yo no puedo adoptar ese compromiso de una manera responsable